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sábado, 27 de agosto de 2011

Otra noche más.

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Entró tambaleándose al edificio y se miró al espejo de la entrada; como de costumbre, no le gustaba lo que veía. Medias rotas, la pollera desacomodada, despeinada y con el maquillaje corrido. Subió por las escaleras, trató de meter las llaves en la cerradura, pero le costaba hacerlo. Era algo muy simple, pero le costaba bastante en ese momento. Apenas consiguió hacerlo, empujó con las pocas fuerzas de su cuerpo la puerta. Se sacó los tacos, entró rápido hacia su cuarto, cerró la puerta, se quitó la campera, cerró la persiana y se tiró a la cama. Por unos segundos miró el techo y trató de relajar su confusa mente. El olor a alcohol impregnado en su ropa, su boca seca, sus pies cansados, sus ojos rojos, las quemaduras y moretones en su cuerpo. Todo daba vueltas. Unos minutos después se levantó, tomo agua, comió algo y volvió a acostarse. De a poco cada segundo de aquella noche se borraba. Era difícil concentrarse. Deseaba estar al lado de él más que nunca. Comenzó a sentirse aturdida por pensamientos, asqueada de ella misma. Arrepentida y cansada de tantas noches así, apagó la luz, se metió entre las sábanas, cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.